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LA VOZ NACIONALISTA

LA ESPIRAL DE LA VIOLENCIA

Por Hugo Esteva

Espiral se define como una línea curva que da vueltas indefinidamente alrededor de un punto, alejándose cada vez más de él. Si, además, esa espiral es de humo, se va diluyendo a medida que avanza. Si, encima, sopla un poco de viento, el humo esparcido va desapareciendo con más rapidez. 

Nada tan similar a la situación en que nos coloca el gobierno de nuestra democracia de ficción, tiranía unitaria en la realidad. Para peor, este humo no deja de provocar tos que, en la medida en que dura, va evolucionando a la bronquitis crónica.

¿Será necesario recordar cada uno de los elementos –cada una de las mentiras- que constituyen este humo espiralado? Se aburriría el lector, que los conoce tan bien como quien escribe y los sufre tanto o más. Pero, en cambio, quizás sea útil seguir describiendo el fenómeno general porque de allí podrán surgir algunas pautas para entrever el futuro.

Por lo pronto, no debe sorprender que el gobierno de la espiral cambie de opinión como de camiseta, sin siquiera inmutarse. Así pasa con cada uno de los elementos que giran, los cuales ruedan de un lado a otro de su cada vez más lejano y habitualmente inclinado andarivel, de acuerdo con la brisa de cada día. Y de ese modo, si en un momento quedan mirando hacia el eje central, en el siguiente pueden quedar sobre el borde contrario, frente al abismo exterior. 

Tal la cuestión, por ejemplo, del número de miembros del Consejo de la Magistratura, al que la caprichosa Presidente trata como al fuelle de un acordeón.

Además, la progresiva distancia que gana la espiral la va alejando de su pretendido objetivo inicial. Y, a modo ejemplar también, eso pasa con la proclamada protección de los más necesitados. El balconeo abismal hacia el borde vertiginoso de la economía no sólo hace que se niegue colaboración a los débiles –el 82% para los jubilados, por ejemplo- sino que, además, se empleen sus ahorros en una ruleta financiera que en cualquier momento se va a frenar en el cero depredador.

Finalmente, para no abundar, los elementos que transporta la voluta se van dispersando, pierden cohesión. Como nada firme sino apenas cierta adherente ambición los unió nunca,  tienden a buscar rancho aparte, descuelgan el teléfono y se ponen a la expectativa como para tomar el tren que –ande lo mal que ande- los lleve a una nueva espira.

Quien haya leído hasta aquí se preguntará adónde nos lleva todo esto. La respuesta está clara: mire usted dónde van a parar los últimos elementos de una espiral de humo y póngale nombre al sitio donde nos va a conducir tanta mentira. Porque, en realidad pura, esta es una espiral de mentira que gira sobre un centro de mentira.

Y ahí quería llegar. Esta democracia que los gobernantes y la enorme mayoría de la oposición postula es falsa. Ellos lo saben y el resto de los argentinos también. Pero la ignorancia general que políticos de todas las layas se ocupan de mantener hace que a nadie se le ocurra cómo reemplazarla. Que nadie se plantee una alternativa republicana –a la Argentina de hoy no le cabe otra forma de organización- y que esa república sea genuina. Que represente de verdad a un pueblo todavía no desplomado en los niveles de sumisión que esta clase política necesita para eternizarse.

Todo el mundo entiende que vivimos el colmo del unitarismo, el centralismo más codicioso y más ladrón, el régimen que más hace para transformar a los argentinos en una masa inculta. Una masa que mire para abajo, se resigne y obedezca. Eso envuelto en la espiral de la mentira cotidiana, que viene de muchos lados, pero que el gobierno centraliza en su origen también mentiroso. ¿Cómo no va a haber así desconfianza, cómo no va a haber esa consecuencia imparable que es la inflación? “La gente” esconde aquí lo que tiene y se olvida de su alma, porque la “democracia” del número es un sistema que se ocupa de mantenerla en el último límite, pero sobre todo, en el último límite de la pobreza espiritual.

Eso para todos, desde los desocupados a los productores, desde los estudiantes a los profesores, desde los obreros a los académicos (aún esos de quienes habla el gobierno y nadie sabe quién va a calificar como tales), porque todos vamos marchando, humo de por medio, a la esclavitud. A la esclavitud y al absurdo previo a la disolución: porque una falsa democracia, atada irremediablemente a los partidos políticos por la última reforma constitucional y agravada por la manipulación kirchnerista, va a llevarnos a tener que elegir a través de listas partidarias desde los cirujanos que nos operen hasta los pilotos que manejen nuestros aviones.

Así, la falsa democracia es un disparate. Y el disparate de la naturaleza, llevado a su extremo, desemboca en la muerte.

Nadie se engañe: esto no se disipa solo. A la espiral de la mentira hay que arrancarle su centro mentiroso. Lo que no necesariamente requiere violencia: apenas lucidez

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